
By David Lorenzo


Por John Crush
El cambio climático es una de las afecciones del planeta tierra, que está ahora en boca de todos y todas y nos arrasa con sus climas extremos, sus sequías, inundaciones, deslaves y demás catástrofes. No hay rincón de la tierra que no sufra por lo menos un poco por este fenómeno en la tierra. ¿Y todo por causa de quién? Si, del ser humano.
Nuestra raza, la supuestamente superior, es la que todo lo destruye buscando su propia comodidad solamente, olvidándose del bienestar de las otras especies; incluso, nos olvidamos de nuestro propio bienestar. ¿Cómo es que entre nosotros mismos, en vez de apoyarnos como prójimos, nos damos la espalda, olvidando que todos tenemos necesidad, en algún momento, de los demás y de los recursos naturales?
Se nos olvida que esta tierra es nuestra, aquí vivimos todos, este es nuestro hogar. Todo lo que hagamos o dejemos de hacer repercutirá en nuestro futuro. Hemos llegado a ser una raza sumamente egoísta. Nos explotamos entre nosotros para conseguir riquezas, explotamos nuestros recursos que ya están casi acabados olvidando que al final en este lugar podemos vivir y deberíamos de llevar todos nuestros esfuerzos a que se mantenga en pie, y sea funcional más adelante.
¿Cómo es posible que como raza, prefiramos darnos la espalda en vez de estirar la mano y brindarnos ayuda? Por ejemplo, mucho se habla de la poca libertad que tienen países como Cuba para manejar sus bienes, su economía y que andan en carros viejos y sus casas están desmejoradas y descuidadas, pero muy poco se menciona que la salud allí es gratuita y la educación es obligatoria. Yo daría mi carro, mis muebles, mi cable, mi internet, mi libertad por la libertad de entrar a un hospital y que me atendieran gratuitamente y con la alta calidad que merezco, por el simple hecho de estar viva y querer mantenerme así.
¿Cómo podemos ser tan egoístas colectivamente y que no nos importe contaminar? Vivimos sin pensar en las consecuencias que esto traerá a nuestras próximas generaciones he incluso a nosotros mismos. En lugar de jalarnos para abajo y ponernos zancadillas, como ha sido desde hace siglos, seria genial que pensáramos en los beneficios que podríamos conseguir si realmente trabajáramos en equipo.
Si tan solo partiéramos de la idea de no hacer a otros lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Si bien es cierto que la lucha de contrarios es lo que mueve el mundo, el trabajo entre pobres y ricos no debería de ser desigual. Los ricos dependen de los pobres para que sus empresas funcionen y los pobres de los ricos para subsistir de los salarios que perciben por sus trabajos. Nadie debe negar esta interacción, pero lo mejor, sería encontrar el punto medio en beneficio para ambas partes y buscar la unidad.
Sin querer y tal vez hasta sin pensar estamos labrando nuestra propia destrucción, por no pensar ni respetar el entorno en el que vivimos y que compartimos con todas las demás especies. Aún no es tarde para volver a empezar, para tratar rectificar todo el daño que se ha hecho a través de los años. Aún podemos desintoxicarnos, buscar alternativas viables para el ambiente y para nosotros como humanos e inculcar en las generaciones jóvenes el respeto que nuestra tierra, nuestro hogar, merece.
















